Cuando me casé con 23 años, mi madre me explicó que yo había sido concebida por fe. Era estéril, pero no dejaba de orar… La vida ha desfigurado mi cuerpo, pero tengo un espíritu fuerte gracias a la oración. He rogado a Dios que me permita compartir mi historia, y así compartir mi esperanza.

Yo era muy pequeña cuando en 1950 estalló la guerra de Corea, pero gracias a Dios mi familia sobrevivió. En el pueblo había una iglesia que convirtieron en escuela y a mi madre eso debió de destrozarla. Como era cristiana, oraba abiertamente cada día y, hasta el día de su muerte, nos decía que teníamos que orar (“si tenéis problemas, hay que orar”), pero nunca nos dijo cómo hacerlo. Lo único que entendíamos era “¡Hananim, Hananim!”, Que significa: “¡Señor, ayuda!”.

Mi padre se enfadaba a veces porque no quería que ella orase en el comedor. Entonces, mi madre salía afuera, aun si estaba nevando. La oración era tan importante para ella que antes de orar se ponía su mejor ropa. “Nos presentamos ante el Señor de forma reverente”, nos decía.

Debido a su fe, yo no llegué a estar tan adoctrinada (por el Régimen) como otros norcoreanos lo estaban por la ideología Juche, y sobre todo después de entender cómo se produjo mi nacimiento: a pesar de su esterilidad, a mi madre le dijeron que si oraba tendría un bebé y mi madre oró diariamente durante ocho años. Como resultado, nací yo después de la Segunda Guerra Mundial.

No supe de esta historia ni del Evangelio hasta que me casé. Fue ese día cuando mi madre compartió esta historia conmigo. Y fue de esa forma que supe que yo era un regalo de Dios.

También he llegado a entender muy bien lo difícil que es la vida: de mis seis hijos, dos han muerto. Cuando mi marido perdió su empleo tuve que sostener económicamente a la familia y, por culpa del trabajo duro y de la falta de asistencia médica, ahora no puedo enderezar la espalda.

Hijas vendidas en matrimonio

Como no podíamos seguir viviendo en Corea de Norte, decidimos ir a China y mis hijas mayores fueron las primeras en irse. Pero el intermediario las traicionó y las vendió en matrimonio a unos granjeros pobres. Menos mal que al menos vivían en el mismo pueblo y podían estar en contacto.

Como pasaba el tiempo y no sabíamos nada de ellas, mi marido decidió ir a buscarlas y un año después yo también le seguí. Hasta encontrar a mi marido, solo recitaba mi única oración “¡Hananim, Hananim!” (¡Señor, ayuda!).

Aunque no logramos encontrar a nuestras hijas mayores, mi marido decidió volver a Corea del Norte y traer a sus otros dos hijos. Finalmente, logró dar con el paradero de nuestras dos hijas mayores y, semanas después, estábamos todos juntos en China. Un pariente de mi marido en China nos llevó a su iglesia y por allí oímos por primera vez el Evangelio. Antes solo habíamos visto la fe de mi madre, pero ese día la entendimos y todos aceptamos a Cristo y sentimos una paz y alegría en nuestro corazón que eran inexplicables. Fue como si me hubiesen lavado los ojos y pudiera ver a Dios. Desde este momento nuestra fe comenzó a crecer muy rápido, como si nos hubiésemos estado preparando para este momento durante toda la vida.

Dos semanas más tarde, mis hijas mayores tuvieron que regresar con sus maridos. Para nosotros Corea del Norte no era una opción y en China había peligro. ¿Debíamos ir, entonces, a Corea del Sur?

 


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